sábado, 1 de noviembre de 2014

Rumanía, el bastión oriental de Roma

Loba capitolina en Bucarest
Si uno pasea por las calles de las principales ciudades de Rumanía (y Moldavia), como pueden ser Bucarest o Timisoara, tendrá más posibilidades de encontrarse con estatuas de la loba capitolina amamantando a Rómulo y Remo que en cualquier otro lugar del mundo, incluida la mismísima Roma. Basta con ver este enlace de Wikipedia para darse cuenta de la gran cantidad de réplicas de la Lupoiaca -como se la conoce en rumano- que habita por aquellas latitudes. Algunas de estas estatuas fueron regaladas en su día por Mussolini, y sobrevivieron milagrosamente al régimen de Ceaucescu, de signo político totalmente opuesto al del dictador italiano. Pero, ¿a qué se debe este fervor por la Luperca que va más allá de los ideales políticos?. Sin duda, en ello juega un gran papel el hecho de que Rumania y Moldavia sean una insula separada del continuum lingüístico que conforman el resto de idiomas romances. En otras palabras, el rumano no limita con otras lenguas de su misma familia, sino que lo hace con idiomas tan distintos com el búlgaro, el serbocroata o el ucraniano (de origen eslavo) y el húngaro (de origen fino-ugrio), sin olvidar a los cada vez más menguantes sajones de habla alemana que han habitado durante siglos amplias zonas de Transilvania. Todos ellos, sin embargo, han influenciado a la lengua rumana, sobre todo desde un punto de vista léxico.

En este mapa puede apreciarse que el rumano (situado a la derecha)
se encuentra geográficamente separado del resto de idiomas latinos.

Ruinas dacias en Sarmizegetusa
Así pues, especialmente a partir del siglo XIX, periodo en el que surgieron los nacionalismos tal y como los entendemos hoy día, los rumanos han ido creando un imaginario colectivo en el que ellos, un pueblo rodeado de "bárbaros", son el último bastión de Roma en la Europa del este. Sin embargo, actualmente algunos en Rumanía ponen en tela de juicio dicho planteamiento. Sea como fuere, lo cierto es que resulta cuando menos desconcertante que el latín arraigara como idioma común por aquellos lares hasta llegar a nuestros días ya evolucionado y con el nombre de rumano, si se tiene en cuenta que Dacia (el nombre que recibía lo que actualmente es Rumanía) fue provincia romana durante tan sólo 164 años (del año 107 al año 271). Paradójicamente, en otros lugares como el levante mediterráneo, la costa norteafricana o las actuales Grecia y Turquía, gobernados durante muchos más siglos por Roma, no sobrevivieron idiomas vernáculos de estirpe latina. Los más escépticos con respecto a la historiografía oficial creen que el rumano no procede del latín, sino que se trata de una forma evolucionada del idioma que hablaban los antiguos dacios, pueblo descendiente a su vez de los tracios. Sin embargo, dicho planteamiento carece de cualquier base científica y se sustenta principalmente en el terreno de la hipótesis, dado lo poco que se conoce realmente del idioma dacio. Si a ello le sumamos el hecho de que el léxico rumano presenta un 81% de elementos románicos (70% de ellos directamente del latín), la posibilidad de un origen dacio pierde aún más peso. Para justificar estos altos porcentajes, los defensores de la teoría dacia apuntan, empero, a un supuesto origen común del latín y el dacio, que derivarían del idioma tracio. Nos hallamos, de nuevo, ante una hipótesis poco probable.

Visto el breve periodo de romanización de Dacia en comparación con otras provincias del Imperio romano, parece que la implantación del latín y su posterior evolución y pervivencia como idioma rumano hasta nuestros días se deba más bien a un cúmulo de casualidades o, quién sabe, a la perseverencia de sus hablantes, tal y como han demostrado personajes de importancia capital para el pueblo rumano como Estefan el grande o Vlad Tepes, este último conocido mundialmente por haber inspirado al escritor irlandés Bram Stoker para crear al famosísimo Conde Drácula.

En breve: Moldavia y el secesionismo lingüístico

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