domingo, 27 de marzo de 2016

La Barcelona filipina (1ª parte)

Cartel publicitario del vapor Barcelona-Manila de la Compañía General de Tabacos de Filipinas
Cuando Miguel López de Legazpi inició la conquista de Filipinas en 1565, el archipiélago asiático pasó a ser administrado por el Virreinato de Nueva España. Dicha situación se prolongó en el tiempo durante más de dos siglos hasta que en 1821, tras la independencia de México de la Corona hispánica, Filipinas pasó a ser gobernada directamente desde la España peninsular. Durante este periodo, y hasta 1869, las comunicaciones en barco entre la península y el archipiélago filipino se realizaban a través de la antigua ruta oriental de las Indias portuguesas, es decir, rodeando el cabo de Buena Esperanza en el sur del continente africano y surcando luego el océano Índico en una travesía de unos 130 días de media. A raíz de la inauguración del canal de Suez en 1869, la comunicación marítima entre la metrópolis y su colonia se vio reforzada gracias a la sustancial reducción del tiempo que suponía hacer uso de dicha infraestructura. Así pues, en 1873 se inauguró una línea regular que unía Barcelona con Manila en tan sólo 30 días. Ello supuso un revulsivo en las relaciones entre ambos territorios en distintos y variados ámbitos, desde el económico hasta el cultural. Asimismo, la nueva línea marítima favoreció la inmigración peninsular hacia la colonia oriental, algo que hasta entonces había sido minoritario, por no decir inexistente, debido a la lejanía y a la mayor popularidad como lugar de oportunidades de otras colonias como Cuba o Puerto Rico. De igual modo, las nuevas comunicaciones favorecieron el surgimiento en Filipinas de una nueva élite ilustrada, en muchos casos mestiza, que enviaba a sus hijos a estudiar a universidades españolas, principalmente a las de Madrid o Barcelona. Dichos ilustrados serían a finales del siglo XIX los precursores del movimiento independentista filipino. Sea como fuere, la ciudad de Barcelona fue una de las grandes beneficiadas durante esta nueva era de las comunicaciones maritimas. Si durante la Edad Media la Ciudad Condal había sido un puerto de primer orden capaz de rivalizar con ciudades tan poderosas como Génova, el descubrimiento de América en 1492 y el consiguiente desplazamiento de las principales rutas comerciales hacia el Atlántico hicieron que Barcelona quedara en dicho aspecto en un segundo plano durante casi dos siglos. Gracias a la apertura del canal de Suez y al nuevo posicionamiento del Mediterráneo como lugar de paso en las comunicaciones marítimas entre Europa y Asia, Barcelona pasó a ser un lugar de referencia para Filipinas, en tanto que primera ciudad de destino para cualquier residente filipino que se embarcara hacia España. 

Las huellas de la impronta filipina en Barcelona son muchas y variadas, aunque unas son más evidentes que otras. De algunas tan sólo queda el recuerdo, como la del barrio de barracas conocido como Pequín, que surgió alrededor de 1870 cuando se instaló en los actuales terrenos del Fòrum un grupo de sangleyes (filipinos de origen chino) que malvivía de la pesca hasta que en 1920 un temporal se llevó el barrio por delante, y quién sabe si quizás también a la mayoría de sus moradores filipinos, que parecen haberse diluido desde entonces en la irrelevancia. Poco más se sabe de los filipinos del barrio de Pequín, aunque para la posteridad queda el cuadro que del lugar hizo el pintor catalán Isidre Nonell.

Playa de Pequín de Isidre Nonell
Playa de Pequín (Isidre Nonell), 1901

Pero si de pintura se trata, quién mejor que el más conocido pintor hispanofilipino, Juan Luna Novicio, quien también guarda una conexión con la ciudad de Barcelona. Una de sus obras más famosas, Spolarium, ganadora de un premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1884 en Madrid, y que le mereció la aclamación por parte de la prensa nacional y extranjera, fue vendida en 1886 a la Diputación Provincial de Barcelona por 20.000 pesetas. En Barcelona permaneció el cuadro hasta 1958, año en que éste fue deliberadamente regalado por el dictador Francisco Franco a la República de Filipinas. El Caudillo, en cambio, ni se planteó regalar otro importante cuadro de Luna como es el de la Batalla de Lepanto, obra que hoy en día se puede admirar en el salón del Senado de Madrid. Spolarium, por su parte, en la actualidad se encuentra expuesto en el Museo Nacional de Filipinas en Manila. Como consolación, siempre quedará otro famoso cuadro del artista, llamado "Una mestiza", que actualmente se encuentra en la Biblioteca-museo Víctor Balaguer de Vilanova i la Geltrú, a pocos kilometros de Barcelona.

Spolarium de Juan Luna
Spolarium (Juan Luna), 1884

La Solidaridad (Barcelona)
Placa conmemorativa de La Solidaridad
en Plaza Bonsuccés (Barcelona)
Juan Luna fue uno de los tantos filipinos de familias acomodadas que vinieron a finales de siglo XIX a completar sus estudios en España. De hecho, durante este periodo varias colonias filipinas se habían establecido en Madrid y Barcelona. Madrid era el centro político en el que se tomaban las decisiones referentes a Filipinas por lo que aglutinó la colonia más importantes de filipinos en España. Barcelona, por su parte, debido a su mayor dinamismo económico y cultural y a su papel fundamental en la comunicación marítima con Filipinas a través del canal de Suez, albergó también una colonia numerosa. De este modo, muchos de estos Ilustrados (tal y como se les conoce) hicieron de Barcelona su hogar: Marcelo H. del Pilar, Graciano López Jaena, Eduardo Lete, Mariano Ponce, José M. Panganiban, Fernando Canon, Ambrosio Rianzares, Pablo Rianzares, Aritón Bautista, Galicano Apacible, Teodoro Sandiko, Isabelo de los Reyes, Santiago Icasiano, Ramón Imperial y Evangelista o José Eizal, entre otros. Fue precisamente en la Ciudad Condal donde tres de estos intelectuales, Marcelo H. del Pilar, Graciano López Jaena y José Rizal, fundaron en 1888 La Solidaridad. La publicación, de carácter reformista y decisiva en la concienciación nacional filipina, contó durante sus años de existencia con la contribución de la flor y nata de la colonia intelectual filipina en España. En la actualidad existe, a modo de homenaje, una placa en el número 5 de la Plaza del Bonsuccés, lugar donde surgió la publicación. La placa, colocada por el consistorio barcelonés, está escrita en catalán y tagalo. Paradójicamente, el castellano -el idioma de expresión de La Solidaridad- está ausente.

Placa conmemorativa de la estancia de Rizal
en la Fonda España (Barcelona)
No muy lejos de la Plaza del Bonsuccés, se encuentra en el número 3 de la calle Sitges una de las residencias que tuvo en Barcelona el que años más tarde sería prócer de la independencia filipina, José Rizal. Rizal llegó a Barcelona por primera vez en 1882 en un tren procedente del puerto de Marsella. A tenor de lo escrito en su diario, la primera impresión que tuvo sobre la ciudad no fue demasiado positiva: "Mi primera impresión de Barcelona fue muy desagradable. Después de haber visto Nápoles y Marsella, esta ciudad me pareció pobre y vulgar. Sus calles estaban sucias y sus casas eran de una arquitectura pobre". A su llegada a Barcelona, Rizal se alojó en una habitación de la antigua Fonda España, sita en el número 9 de Calle Sant Pau. Hace unos años, el establecimiento, hoy en día reconvertido en Hotel España, tuvo a bien colocar una placa conmemorativa de la estancia de tan ilustre huésped en el lugar. Si la primera impresión de Rizal sobre Barcelona no fue buena, tampoco fue mucho mejor la opinión del escritor filipino acerca del catalán, al que tilda en su diario de idioma "duro" cuando se refiere a unos curas que conversaban siempre en dicha lengua y que vivían en su mismo edificio de la calle Sant Sever. A pesar de ello, dice la leyenda que, entre los 22 idiomas que dominaba Rizal, se encontraba también el catalán, por lo que hemos de suponer que durante su estancia en Barcelona se animó a aprenderlo. 

Sala José Rizal del castillo de Monjuic
(Barcelona)
Con el pasó del tiempo, José Rizal cambió de opinión con respecto a la Ciudad Condal, tal y como recoge en su diario: "Me gusta Barcelona y me estoy acostumbrando a la ciudad cada vez más (...). Ahora conozco Barcelona un poco más y me parece una ciudad grande y bonita (...). Estoy empezando a descubrir las joyas y riquezas de esta ciudad: edificios bonitos y elegantes de muy variada arquitectura." Con todo, al cabo de unos meses Rizal partió hacia Madrid, donde se licenció en Medicina y Filosofía y Letras. A pesar de ello, en 1896 regresaría de manera temporal a Barcelona, aunque esta vez en circunstancias más luctuosas. En aquella ocasión, para disipar cualquier duda que lo relacionara con los movimientos secesionistas filipinos, Rizal se encontraba de camino a España procedente de Manila para luego embarcar hacia La Habana, donde había obtenido una plaza de médico en la campaña de Cuba, inmersa por entonces también en una guerra de liberación nacional. Sin embargo, Rizal fue arrestado a bordo del barco que lo traía a la Península, acusado de sedición. Una vez llegado a Barcelona, fue encarcelado en el castillo de Montjuic hasta ser enviado de vuelta a Filipinas, donde fue condenado a muerte y finalmente fusilado el 30 de diciembre de 1896. El Ayuntamiento de Barcelona, actual propietario del castillo, decidió hace unos años bautizar una de las salas del complejo con el nombre de José Rizal, en homenaje al escritor y médico y para que tan funesto episodio no quede en el olvido. Asimismo, existe también en Barcelona una calle de nombre Doctor Rizal, situada en el barrio de Gracia.

Cartel informativo sobre la reclusión de Rizal
en el castillo de Montjuic

No corrieron mejor suerte los otros dos fundadores de La Solidaridad, Marcelo H. del Pilar y Graciano López Jaena. Ambos murieron en 1896 en la práctica indigencia, víctimas de la tuberculosis. Sus restos mortales fueron depositados en una fosa común del cementerio de Montjuic, paradójicamente muy cerca del lugar desde donde su amigo José Rizal fue enviado hacia una muerte segura en Filipinas. Recientemente el Gobierno filipino se ha interesado por los restos de los dos intelectuales y de la posibilidad de darles una digna sepultura, algo que parece harto improbable después de tanto tiempo.

El fusilamiento de Rizal no evitó lo que era algo inminente ante la falta de reformas por parte de la administración española: la revolución filipina en pro de su independencia. 1898 fue para España el año del Desastre (con mayúscula), debido a la pérdida de las últimas colonias de ultramar -Cuba, Puerto Rico, Guaján y Filipinas-, como resultado de la Guerra hispano-estadounidense. Tan aciago capítulo de la historia moderna española no supuso, sin embargo, el fin de las relaciones entre Filipinas y España, en las que Barcelona seguiría ocupando un lugar privilegiado a lo largo del siglo XX.


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