sábado, 7 de noviembre de 2015

Los menorquines de Florida

Estatua que homenajea la emigración menorquina
a Florida- Monte Toro, Menorca
Si uno llega a la cima del monte Toro, el punto más elevado de Menorca (358 metros), podrá admirar, además de unas excepcionales vistas panorámicas de toda la isla, un peculiar conjunto escultórico erigido durante la década de los 60 que rememora un curioso hecho histórico que marcó el devenir del lugar: la presencia menorquina en Florida. En efecto, dicha estatua, regalada por un floridano de origen menorquín llamado Xavier L. Pellicer, representa, entre otros, al sacerdote Pere Camps, natural del municipio de Es Mercadal, quien en 1768 puso rumbo a las Américas junto a un millar de menorquines. Por aquel entonces Menorca era un territorio bajo soberanía británica, como consecuencia del Tratado de Utrecht que puso fin a la guerra de Sucesión española. Por su parte, la península de Florida había pasado a formar parte del Imperio británico en 1763, cedida por España. Estos avatares históricos seguramente propiciaron los flujos migratorios de Menorca a Florida, aunque se apunta como principal motivo del éxodo menorquín hacia América la apertura de una colonia agrícola, propiedad de un tal Andrew Turnbull, que era conocida como New Smyrna. Dicha colonia andaba necesitada de mano de obra, motivo por el cual en 1768 alrededor de un millar de menorquines, junto a otras personas procedentes de otros lugares de la geografía europea, fueron contratados en origen para trabajar en sus instalaciones. La colonia fue un desastre; entre 1768 y 1777 perecieron allí 740 adultos y 260 niños, debido a las duras condiciones de la colonia, cuyos trabajadores fueron despectivamente conocidos como "los negros de Turnbull".  En 1777 los supervivientes, la mayoría de los cuales (unos seiscientos) eran menorquines, huyeron a la ciudad de San Agustín (en la costa atlántica de Florida), que poco después volvió a estar bajo dominio español, hasta que a principios del siglo XIX pasó a formar parte de Estados Unidos.

Fuerte español de San Agustín, donde aun hoy en día
ondea la bandera imperial española
Lo curioso es que gracias a estos menorquines, la lengua catalana echó raíces en San Agustín (conocida actualmente como Saint Agustine). No es para nada un asunto baladí ya que según el máximo experto en la materia, Philip D. Rasico, la colonia menorquina de Florida no solamente es la colonia de habla catalana más antigua, numerosa y estable de América del Norte, sino también la única comunidad de este tipo que ha conservado hasta la actualidad rasgos lingüísticos y culturales de su esencia catalana. La vida del catalán de San Agustín, conocido allí como "Mahonese", no fue precisamente efímera: en 1856 el periodista canadiense Henri Courey de Laroche-Héron aún podía entrevistar a una señora menorquino-floridana, de nombre Martina Jerònima Paula Hernández, que no hablaba más que menorquín, a pesar de haber pasado ya 34 años desde el inicio del dominio estadounidense en el lugar. Sin duda alguna, el testimonio más famoso del catalán de Florida es el del escritor William C. Byrant, que visitó San Agustín en abril de 1843. Sus escritos nos recuerdan la vitalidad del catalán en la ciudad, su convivencia con el castellano, pero también el decaimiento de ambas lenguas en favor del inglés, lo que auguraba su cercana desaparición:

La lengua menorquina (el dialecto de Mahón, el maonés, tal y como lo llaman) es hablado por más de la mitad de los habitantes que se quedaron aquí cuando el país fue cedido a Estados Unidos, y creo que todos ellos también hablan castellano. Sin embargo, sus hijos se crían sin utilizar estas lenguas, y dentro de una generación los últimos vestigios de la noble habla de Castilla habrán sido eliminados de un país que los españoles dominaron durante más de doscientos años.

Una de las cosas que hizo Byrant en San Agustín fue pedir a un nativo del lugar que le transcribera la "Cançó de les Formatjades" (Fromajadis, dice él), que los menorquines cantaban la noche del Sábado Santo), para incluirla en su libro de 1851 "Letters of a Traveler, or Notes of Things seen in Europe and America. Según Rasico, la "Cançó de las Formatjades" es con toda probabilidad el primer texto que se haya imprimido en catalán en América del Norte. Hoy en día en San Agustín la canción ya no se canta, pero los fromajardis, empanadas rellenas de queso, aun se comen, al igual que en Menorca: "cada cosa a son temps: d'estiu xigales, de maig cireres i per Pasco formatjades".

Veinticinco años después de la visita de Byrant, en 1868, un cronista anónimo de la revista Lippincott's Magazine coincidía con el escritor romántico en lo que a malos augurios se refiere:

Los miembros más viejos de la población hablan castellano y el dialecto menorquín, pero los más jóvenes únicamente se valen del inglés entre ellos; y a pesar de que entienden a la perfección la lengua de los viejos, poco a poco están dejando de usarla. Ello y la aversión a autodenoninarse nada más que "floridanos" tienden a eliminar en gran medida sus características propias, las cuales se habrán perdido por completo dentro de dos o tres generaciones.

Desafortunadamente, parece que tanto Byrant como el misterioso cronista tenían razón: en 1983, en una entrevista que Philip Rasico le hizo a Xavier L. Pellicer, aquel ilustre miembro de la comunidad menorquina de Florida que fue el artífice de la estatua que hoy día se puede ver en el Monte Toro, Pellicer explicaba que, habiendo nacido en 1900, nunca había oído a nadie hablar mahonés en San Agustín. Pese a ello, actualmente  perduran en la zona apellidos como Seguí, Benet, Pellicer o Usina (derivación de Alsina) que dan fe de la presencia menorquina por aquellos lares. Además, cada año, el segundo sábado de marzo, se celebra una fiesta con trajes tradicionales de más que evidente influencia balear, en un intento por rememorar y homenajear los orígenes de la ciudad.

Fiesta menorquina de San Agustín, Florida

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