viernes, 10 de junio de 2016

Macedonia: la inesperada bomba de relojería de los Balcanes

Plaza de Macedonia. Foto de Toni Tena C.
Plaza de Macedonia, Skopie
La semana pasada tuve la oportunidad de acudir a la presentación de la muestra fotográfica "YU: The Lost Country" en el marco del festival DOCfield Barcelona, en la que Dragana Jurisic, la artífice de la exposición, muestra a través de diferentes imágenes una reinterpretación moderna del viaje que hace más de 70 años llevó a la escritora anglo-irlandesa a través de la antigua Yugoslavia, y que plasmó en su célebre obra "Cordero negro, halcón gris". Durante dicha presentación, Jurisic calificó la situación en Macedonia de bomba de relojería. Casualmente, yo hacía menos de un mes había estado de visita por aquellos lares, y lo cierto es que me llevé una impresión similar a la de la fotógrafa croata.

Mucho se ha escrito de la delicada estabilidad de Bosnia-Herzegovina o Kósovo, lugares donde las heridas surgidas durante la guerra entre las diferentes etnias que conforman dichos países aún no han cicatrizado ni se espera que lo hagan en un futuro demasiado cercano. Sin embargo, la Antigua República Yugoslava de Macedonia (nombre oficial del estado, tras las quejas por parte de Grecia) lleva años sumida en una latente tensión étnica de la que poco se habla a nivel internacional. Macedonia tiene una población de cerca de dos millones de habitantes, de los cuales un 70% son macedonios (eslavos de religión ortodoxa), un 25% son albaneses (de religión musulmana) y un 5% de otras minorías, como gitanos, turcos o serbios.  De este modo, la lengua materna de 1,4 millones de habitantes es el macedonio, idioma eslavo fuertemente emparentado con el búlgaro, hasta tal punto de que muchos lo consideran un dialecto de aquél. Por su parte, el albanés es hablado por cerca de 500.000 personas, el romaní por unas 120.000 y el turco por unas 80.000. 

Barrio albanés de Skopie
Huelga decir que dicha variedad lingüística y religiosa es campo abonado para el conflicto continuo. Seguramente el punto álgido del mismo tuvo lugar en 2001, momento en el cual Macedonia, la única república exyugoslava que había alcanzado la independencia durante los 90 sin necesidad de conflicto bélico, estuvo al borde de una guerra civil de trasfondo étnico entre albaneses y macedonios que acabó con la vida de hasta 200 personas, según cifras oficiales. Afortunadamente el conflicto no fue a mayores y se pudo llegar a un acuerdo en 2002 mediante el cual se veían reconocidos los derechos de la comunidad albanesa en diferentes materias, tales como el reconocimiento del albanés como segunda lengua oficial o el aumento de dicha comunidad en las instituciones gubernamentales, la policía y el ejército. Sin embargo, el conflicto de 2001 sirvió para ahondar más en las divergencias entre ambas comunidades, que desde entonces han vivido dándose la espalda aún más la una a la otra. Skopie, la capital del país, es un triste reflejo de esta situación. La ciudad se encuentra dividida por el río Vardar, que a su vez ejerce de frontera entre albaneses, que viven al norte del río, y macedonios, que viven al sur del mismo. De hecho, las diferencias entre ambas riberas son tantas que bien podrían considerarse dos ciudades (por no decir países) distintos. Mientras que la parte sur de Skopie y zonas aledañas al río se han visto trufadas en los últimos años de edificios y estatuas enormes de corte neoclásico (y de dudoso gusto, todo sea dicho), en aras de querer reivindicar, para disgusto de Grecia, una supuesta herencia helénica cuyo máximo exponente sería Alejandro Magno, el norte de la ciudad (en mi opinión mucho más auténtico) está conformado por un enrevesado entramado de estrechas calles cuyas edificaciones, entre las cuales muchas mezquitas, recuerdan por momentos a Estambul. 

A tenor de la tensión velada que se palpa en el lugar, parece que la mayor parte de las buenas intenciones plasmadas en el acuerdo de alto al fuego alcanzado en 2002 ha quedado en papel mojado. Prueba de ello son los choques armados entre el ejército macedonio y milicianos albaneses que tuvieron lugar en 2015. No ayudan tampoco a mejorar la situación las políticas emprendidas por el actual gobierno conservador de Macedonia, cuyo máximo exponente es sin duda el conocido como plan "Skopje 2014". Este proyecto, tal y como se ha apuntado anteriormente, pretende engalanar la capital con edificios y estatuas monumentales con la finalidad de embellecer una ciudad como Skopie, que sufrió cuantiosos e irreparables daños en 1963 a raíz de un violento terremoto, y de recalcar una falsa identidad nacional de estirpe helénica, que excluye de facto a la minoría albanesa del país, y que pretende, a costa de elementos ajenos, dar a Macedonia una identidad diferenciada de Serbia, país que ejerce un más que evidente poder blando en el lugar, y de Bulgaria, país con el que comparte, según muchos lingüistas, el mismo idioma.

Plaza de Macedonia en Skopie. Al fondo se aprecia
la estatua "Guerrero a caballo" que recuerda sospechosamente
a Alejandro Magno a lomos de su caballo Bucefalo



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