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Los rusos de Letonia: "no ciudadanos" en su tierra

Hace pocas semanas la pequeña república báltica de Letonia acaparó algunos titulares de prensa al adoptar el euro como moneda. Pese a la oposición por parte de la mayoría de letones a dicha decisión, el gobierno del país lo ha creído conveniente. Quién sabe si ve en ello una manera más de alejarse del fantasma de la invasión rusa instalado desde tiempos pretéritos en el imaginario colectivo letón. Letonia cuenta con una población de algo más de dos millones de habitantes, de los cuales un 62% tienen el letón como lengua materna y un 35%, el ruso. En algunos municipios, la población rusófona es mayoritaria y en la mismísima Riga, la capital letona, los rusos suponen casi el 50% de población. Desde la independencia del país en 1991, los diferentes gobiernos que se han ido sucediendo en la república báltica han visto en la "minoría" rusa del país una amenaza a las raíces de la cultura letona, por lo que han procurado concienzudamente que los rusófonos no puedan acceder a la mayoría de organismos del estado con poder de decisión.

Prueba de ello es el 14% de no ciudadanos. Se trata, por lo general, de inmigrantes rusos de la época soviética y sus descendientes, totalmente privados de cualquier derecho político. No son apátridas, puesto que cuentan con un pasaporte especial y diferenciado del resto de ciudadanos, pero no pueden, por ejemplo, ejercer el derecho al voto, ocupar un cargo oficial o presentarse a unas elecciones. Por el contrario, tan sólo tienen el estatus de ciudadano aquellos que tuvieran la nacionalidad letona antes de 1940 (cuando Letonia aún no había sido ocupada por la URSS), así comos sus descendientes.Tanto la Unión Europea como diversos organismos en pro de los derechos humanos han mostrado en más de una ocasión su disconformidad tanto con el limbo legal que (des)ampara a los no ciudadanos como con los complicados procesos de naturalización para obtener la ciudadanía letona, que incluyen exámenes de lengua y cultura letonas, historía y constitución. Es tal la perversión de este sistema de castas a la letona que, incluso habiendo pasado más de veinte años desde la independencia, siguen naciendo "no ciudadanos" -letones  de tercera y cuarta generación nacidos en familias de origen ruso sin naturalizar- ante la desidia de unos padres que ven a las instituciones letonas como algo ajeno y de un estado no demasiado interesado en reconocer derechos mínimos a una parte significativa de su población en aras de la defensa de la cultura letona.

Como trasfondo a esta situación, se encuentra el histórico temor por parte de muchos letones de que el pez grande (el ruso) se coma al pequeño (el letón). El último episodio de gran magnitud en torno a este conflicto se remonta a 2012, año en que se celebró un referéndum auspiciado por el lobby prorruso de Letonia para oficializar la lengua rusa en el país. Durante la campaña, tanto el gobierno como la mayoría de grupos parlamentarios, así como distintas asociaciones de signo nacionalista, alentaron a votar en contra de la propuesta alegando que la oficialidad del ruso supondría un peligro para el estado letón y un retorno al área de influencia de la vecina Rusia, en detrimento de la clara vocación europea de la república. Con la participación más alta de la historia de la joven democracia letona (lo que demuestra cuán sensible es este asunto para la sociedad del país), el resultado acabó siendo de casi un 75% en contra de la oficialización del ruso. Sin embargo, si los "no ciudadanos" hubieran podido ejercer el derecho al voto, los porcentajes habrían sido mucho más ajustados e incómodos para el "establishment" de la república, aupado al poder aun a costa de negar derechos básicos a unos 300.000 letones.




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