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El purismo lingüístico islandés

Si uno oye hablar de Islandia en los últimos tiempos, seguramente enseguida la relacionará o bien con un volcán de impronunciable nombre para quien no sea oriundo de la isla que causó estragos en la navegación aérea europea en 2010, o bien con la crisis económica y financiera que asuela al viejo continente desde 2008. En todo lo relacionado con este último aspecto, Islandia, a diferencia de Grecia, suele ser citada por muchos políticos y medios de comunicación europeos como un ejemplo a seguir; valga como ejemplo la editorial de El País de hace unos días en la que se elogiaba la actitud del país a la hora de gestionar su crisis financiera y la decisión de anular cualquier eventual adhesión de la isla a la Unión Europea. Sin embargo, también se alzan voces que desmienten esta supuesta Arcadia islandesa en la que las instituciones anteponen los intereses ciudadanos a los de los bancos, y en la que los gobernantes y los banqueros que llevaron al país al borde del precipicio han acabado en prisión. El periodista catalán Èric Lluent, por ejemplo, nos presenta una realidad económica islandesa mucho más aciaga y bastante parecida a la de países como España o Portugal, lugares en donde la presunta primavera islandesa suele ser motivo, a partes iguales, de envidia y admiración. Nada más lejos de la realidad...

De lo que sí puede presumir Islandia (y es de lo que realmente trata el presente artículo) es de ser uno de los países más homogéneos étnica y lingüísticamente hablando, no sólo de Europa, sino del mundo. Toda la población, a excepción de un exiguo número de inmigrantes recientes, tiene como idioma materno el islandés, lengua que deriva de los dialectos nórdicos que introdujeron en Islandia hace algo más de un milenio los vikingos provenientes de la actual Noruega. La mayor peculiaridad del islandés en relación a las otras lenguas nórdicas (danés, noruego o sueco, por poner un ejemplo) es una menor evolución a lo largo de los siglos, así como una gran homogeneidad a lo largo de todo su territorio, lo que hace difícil hablar de una dialectización del idioma. De este modo, el islandés de hoy en día difiere más bien poco de la lengua en la que a partir del siglo X se redactaron las sagas que constituyen una parte importante del patrimonio cultural de la isla.

A pesar de que el idioma no ha sido declarado constitucionalmente oficial hasta 2011, el islandés ha sido la lengua propia de las instituciones desde la independencia del país en 1918 con respecto a Dinamarca. Asimismo, el islandés se encuentra tutelado por el Instituto Árni Magnúson para los Estudios Islandeses (IAMEI) - Stofnun Árna Magnússonar í íslenskum fræðum, en islandés-, estructura gubernamental que se encarga, entre otras cosas, de crear neologismos destinados a actualizar y adaptar la lengua islandesa a las exigencias de la realidad contemporánea, evitando tener que recurrir a préstamos lingüísticos de otros idiomas como el danés y el inglés. El denominado purismo lingüístico islandés, iniciado en el siglo XIX en pleno despertar del nacionalismo isleño, ha sido objeto de estudio por parte de varios investigadores y goza de amplio apoyo y difusión tanto entre los estamentos oficiales como entre la población y los medios de comunicación del país, que van haciendo suyos los nuevos términos que el IAMEI publica periódicanente en boletines oficiales. Tal y como se ha indicado anteriormente, el objetivo de dicha política es el de substituir cualquier posible extranjerismo con la creación de nuevas palabras, tomando como base las raíces del islandés medieval y el antiguo nórdico. Se trata, pues, de una corriente de tipo arcaizante. Así pues, a diferencia de la mayoría de idiomas europeos, que recurren al latín o al griego para la terminología científica o tecnológica y, más recientemente, al inglés, el islandés acuña nuevas palabras mediante la combinación de otras ya existentes en su propio idioma. Tomemos como ejemplo la palabra "meteorología", formada por las palabras griegas μετέωρον (alto en el cielo) y λόγος (conocimiento, tratado). Mientras que el resto de lenguas nórdicas recurre a la misma solución que el español (meteorologi, en danés, sueco y noruego), en islandés dicha ciencia se denomina veðurfræði, que deriva de las palabras islandesas veður (tiempo) y fræði (estudios). 

No obstante el purismo lingüístico sea una constante en la sociedad islandesa, dicha actitud no supone un rechazo a lo extranjero, más bien al contrario; prueba de ello es el alto conocimiento del danés (antiguo idioma oficial) y del inglés entre los habitantes de Islandia. Ambos idiomas se incluyen en el currículo escolar, junto, obviamente, al islandés, que ostenta una posición preeminente. La competencia en inglés de los islandeses se ve reforzada, asimismo, por la presencia, en el marco de la OTAN, de una base estadounidense en el municipio de Keflavík, y cuyo contingente representa ya de por sí el 5% de la población de la isla (el censo total del país en 2013 fue de 324.000 habitantes). La homogeneidad lingüística, étnica, cultural e incluso genética del país es un reflejo de las peculiares vicisitudes históricas y del aislamiento crónico de su población hasta tiempos relativamente recientes. En dicho sentido, es indicativo el hecho de que en el año 2000 el gobierno islandés decidiese, a cambio de una cuantiosa cifra, ceder a las multinacionales DeCode y Hoffman- La Roche el historial médico de toda la población islandesa con la finalidad de crear un archivo genético de la misma. Sin embargo, ante las protestas que suscitó esta medida entre gran parte de los islandeses, finalmente dicho programa se declaró inconstitucional.

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