martes, 28 de noviembre de 2017

La Barcelona filipina (2ª parte)

El Desastre de 1898 marcó un antes y un después en la historia contemporánea española. Si bien España había ido perdiendo a lo largo del siglo XIX la mayoría de territorios americanos, ya sea a raíz de guerras o por medio de transacciones, no fue hasta casi finalizada la centuria, tras la derrota en la guerra hispano-estadounidense y la consiguiente pérdida de Cuba, Puerto Rico, Guaján y Filipinas, cuando el país entró en una definitiva crisis de identidad y política que marcaría (y en parte aún marca) el devenir y la idiosincrasia de la sociedad española. Sin embargo, el resultado de la contienda no supuso el final definitivo de las relaciones entre la antigua metrópolis y los territorios coloniales, no al menos de una manera total y abrupta. Valga como ejemplo que el fenómeno de los indianos se prolongara hasta bien entrado el siglo XX.  En el caso que aquí nos ocupa, el de Filipinas, la mayoría de los flujos comerciales y personales se seguirían articulando a través de Barcelona, en tanto que puerto español más cercano al archipiélago filipino desde la inauguración del canal de Suez en 1869.

Detalle del estado actual de la sede de la Compañía General
de Tabacos de Filipinas (Barcelona)
Gran parte del mérito de todo ello se debió al papel que desempeñó la que podría ser considerada como la primera multinacional española: la Compañía General de Tabacos de Filipinas. Fundada en Barcelona por Antonio López (primer marqués de Comillas) en 1881, poco antes de la abolición del estanco del tabaco filipino, la Compañía (conocida popularmente como Tabacalera), se erigiría durante gran parte del siglo XX como uno de los puntales de la economía filipina gracias a la diversificación de negocios, que iban desde la venta de tabaco hasta la manipulación y distribución de azúcar, copra o alcohol, pasando por el transporte de mercancías y personas (con líneas de vapor propias que unían regularmente Barcelona con Filipinas) o la creación de la red eléctrica y de tranvías de Manila. Fue tal el poderío de la Compañía que hasta los años 50 del siglo XX era la segunda empleadora del archipiélago, tan solo por detrás del propio Estado filipino. Todo ello a pesar de las adversidades y vicisitudes a las que tuvo que hacer frente desde su fundación: la pérdida de la soberanía española en Filipinas en 1898, la guerra civil española o la segunda guerra mundial, por citar los tres ejemplos más relevantes. Su sede central se encontraba en el 109 de la Rambla de Barcelona, cuyo edificio de corte neoclásico, proyectado por el arquitecto catalán Josep Oriol Mestres, ocupa hoy el Hotel 1898, y en donde todavía puede verse escrito en la fachada que da a la calle Pintor Fortuny el nombre de la compañía, amén de una placa conmemorativa colocada por el Ayuntamiento de Barcelona (ésta última situada en su entrada por la Rambla). Ante la falta de reformas necesarias, la Compañía empezó a entrar en declive a mediados del siglo XX, tal y como ya había advertido por entonces en sus informes sobre la administración de la empresa el poeta barcelonés Jaime Gil de Biedma, quien trabajó como abogado en Tabacalera en el seno del negocio familiar (su padre era un alto cargo de la Compañía). Gil de Biedma, cuyo despacho de la Rambla aún se puede visitar, pasó largas temporadas en Filipinas estudiando y analizando el funcionamiento de las instalaciones de la empresa en aquel país. Sus impresiones sobre el estado de la empresa y la Manila de posguerra quedaron recogidas en sus famosos diarios y constituyen a día de hoy  (con el permiso de la magnífica obra del profesor Emili Giralt Raventós La Compañía General de Tabacos de Filipinas 1881-1981) una de las mejores fuentes de información sobre las antiguas haciendas e instalaciones de la Compañía: sus descripciones de la  central azucarera de Bais o la hacienda San José se antojan al lector como ciertamente evocadoras. Ante la crisis anteriormente mencionada, a partir de los años 60 la empresa empezó a deshacerse de sus negocios secundarios para centrarse de nuevo en la producción y venta de tabaco. Lamentablemente, la Compañía no volvería a remontar el vuelo y acabaría fusionándose en 2007 con la tabaquera holandesa Lippoel Leaf, que a su vez se fusionaría en 2011 con la tabaquera estadounidense Hail & Cotton. La empresa como tal pervive, aunque en unas proporciones mucho más modestas, y actualmente se encuentra sita en los bajos del número 28-30 de la ronda General Mitre de Barcelona.

Otra historia empresarial que une a Barcelona con Filipinas es la del hombre de negocios Luis Pérez Samanillo. Nacido en Manila en 1868 en el seno de una familia originaria de Cádiz, Pérez Samanillo se instaló en la Ciudad Condal poco después de la pérdida de Filipinas en 1898, aunque siguió teniendo intereses empresariales en el país asiático. Prueba de ello es el edificio Pérez Samanillo que se erigió en la calle Escolta de Manila (vía que fue el principal polo comercial de la capital filipina desde finales del siglo XIX hasta la conclusión de la segunda guerra mundial). El edificio, de claro estilo art déco, se finalizó en 1928 de la mano del arquitecto Andrés Luna de San Pedro y fue durante años el más alto de la ciudad. A pesar de la práctica destrucción de Manila durante su "liberación" en 1945 y de la poca sensibilidad que han venido demostrando los diferentes gobiernos filipinos hacia el patrimonio nacional desde su independencia, el edificio milagrosamente aun se conserva, aunque apenas pueda atisbarse el esplendor del que hizo gala durante sus años de gloria. Casualmente, en Barcelona existe otro edifico Pérez Samanillo situado en la confluencia entre la avenida Diagonal y la calle Balmes. Este edificio, a diferencia del de Manila, es de estilo modernista y fue construido en 1910 por el arquitecto Joan Josep Hervàs como residencia familiar del empresario hispanofilipino. Luis Pérez Samanillo vivió en el inmueble hasta que murió trágicamente asesinado por milicianos poco después de haber estallado la guerra civil española en julio de 1936. El edificio fue adquirido en 1948 por el Círculo Ecuestre de Barcelona, institución que lo viene ocupando hasta el día de hoy.

Edificio Pérez Samanillo (Manila)


Casa Pérez Samanillo (Barcelona)

Llegada de los supervivientes españoles de la liberación de Manila
al puerto de Barcelona
La guerra civil española no fue la única contienda que marcaría de manera trágica las relaciones entre Barcelona y Filipinas. Durante la conocida como "liberación" de Manila de 1945 en la que los japoneses sembraron el terror y la destrucción por tierra, ya sea violando, hiriendo o asesinando de manera indiscriminada a cientos de miles de manileños, así como destruyendo centenares de edificios de incalculable valor, y en la que los americanos bombardearon desde el aire ocasionando también cuantiosos daños personales y materiales, perecieron muchos de los españoles que residían y trabajaban en la capital filipina. Notorio es el caso del consulado español de Manila en el que, aun tratándose de territorio neutro, fueron asesinados por militares japoneses todos los españoles que allí buscaron refugio, a excepción de una niña de seis años de origen catalán de nombre Anna Maria Aguilella que logró sobrevivir de manera milagrosa a los bayonetazos asestados. Aguilella, junto a cientos de españoles residentes en Filipinas que lo habían perdido todo en la guerra, atracarían el 6 de junio de 1946 en el puerto de Barcelona a bordo del buque Plus Ultra que las autoridades franquistas habían puesto a disposición de los expatriados que hubieran decidido regresar a España. Muchos han querido ver en ellos a los verdaderos "últimos de Filipinas".Y en cierta medida así fue, ya que tras la segunda guerra mundial la colonia española en el archipiélago fue paulatinamente menguando y perdiendo influencia.

Paulino Alcántara
Afortunadamente, no todo son hechos luctuosos y grises en la historia entre Barcelona y Filipinas. Y si no se lo creen, lean esta historia. Hubo un tiempo en el que el pichichi del Barça no venía de tierras americanas ni respondía al nombre de Messi, sino del lejano oriente y bajo el nombre de Paulino Alcántara. Alcántara había nacido en la ciudad bisaya de Iloílo en 1896 de madre filipina y padre español. Con tan solo tres años, su familia se mudaría a Barcelona, donde Paulino demostraría grandes dotes para el fútbol, deporte en el cual debutaría profesionalmente en 1912, poco después de haber sido fichado por Joan Gamper. Durante sus primero cuatro años en el equipo azulgrana, el club ganó varias copas, entre ellas una copa del Rey. Gracias a ello, la fama del jugador filipino, apodado como el "romperredes", fue creciendo de manera tal que a su regreso a Filipinas en 1916, debido a una decisión familiar, fue acompañado por una manifestación de aficionados culés hasta el barco que habría de llevarlo de vuelta a su país de origen. Jugó dos años en el Bohemian Sporting Club de Manila, pero fue tanta la insistencia por parte del Barça y sus seguidores que poco después regresó a Barcelona, en donde fue recibido entre multitudes. Paulino Alcántara jugaría en el equipo azulgrana hasta 1927, con quien ganaría otras cuatro copas del Rey. La leyenda del jugador filipino no es nada baladí; de hecho, conservaría el título de mayor goleador del FC Barcelona hasta 2014 (¡87 años desde su retirada del fútbol!), cuando fue finalmente superado por Lionel Messi.

Actualmente, son pocos los que conocen estos y otros muchos de los lazos históricos que unen a Barcelona con Filipinas. Ni siquiera la comunidad filipina residente en Barcelona, que ronda en torno a las 10.000 personas y que vive por lo general en el barrio del Raval, parece demasiado interesada en reivindicar el pasado en común con su ciudad de acogida. Menos aún las autoridades. Mientras tanto, los ingentes archivos donados por la Compañía General de Tabacos de Filipinas languidecen en algún almacén de la Generalitat a la espera de que alguien se digne a desempolvarlos y a sacar a la luz aquellos días en que Barcelona tuvo su mirada puesta en Asia.


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